Reflexiones sobre estrategias de salud pública

Vivimos en un entorno en el que más de la mitad de los adultos padecen sobrepeso u obesidad. Esta cifra es algo menor pero igualmente preocupante entre los escolares de 6 a 9 años, siendo de un 40%. Imaginaos ahora que la estrategia principal de los organismos gubernamentales para combatir estas tasas es la reformulación de productos alimentarios. Esta medida se está dando y no digo que sea la peor, sino que creo que puede ser insuficiente y, en ocasiones, contraproducente.

Pero, ¿por qué digo esto?

Veamos: ante un ambiente obesogénico (ambiente o entorno que genera y/o fomenta la obesidad) donde la publicidad (sobre todo la infantil) es muy agresiva y los productos ultraprocesados copan la mayoría de las estanterías de los supermercados, la táctica a seguir sería la de reformular dichos productos para que tengan menos grasas, sal y azúcar. Es decir, nos encontraríamos ante el mismo bollo de chocolate, pero con menos azúcar y algo menos de grasa, por ejemplo.

Supongamos ahora que nos encontramos con un pan de molde con un 5% menos de azúcar, ¿esa reducción de azúcar lo convierte en saludable? no. Y es más, ¿qué efecto puede tener esta estrategia en la población general? Me explico: imaginemos una persona que no toma mucho pan de molde porque le han dicho que éste tiene mucha cantidad de azúcar. Reformulan el producto para hacerlo “más sano” y se envuelve de manera repentina en un manto saludable que antes no tenía (lo que se traduciría en una especie de “efecto talismán”). La población podría pensar: “oye, le han quitado azúcar, ahora me lo puedo tomar para desayunar”. Probablemente, la consecuencia directa sea que la gente siga comprando estos productos alimentarios, y no solo eso, sino que ahora los comprarán pensando que son saludables, los consumirán sin pudor y, al final estaremos igual que al principio (o peor).

Estas maniobras improvisadas de salud pública no hacen sino retrasar una solución real que, sin ninguna duda, debería ser tratada desde diferentes frentes; el sobrepeso y la obesidad son multifactoriales, pues tratémosles como tal. Podremos reformular productos o colgar infografías en los centros de atención primaria, pero mientras 9 de cada 10 anuncios de televisión incumplan el código PAOS, la lucha no puede ser ganada.

Y es que el histórico de campañas de promoción de la salud de nuestras instituciones públicas sigue esta línea en bastantes ocasiones. Fijémonos, por ejemplo, en la campaña “Lácteos de aquí cada día”, promovida hace unos años por el antiguo Ministerio de Agricultura y Pesca, Alimentación y Medio Ambiente (MAPAMA) en colaboración con la industria láctea. ¿Era necesaria esta campaña? ¿Tomamos pocos lácteos en nuestro país? ¿Se relaciona el consumo de lácteos con la prevención de la osteoporosis o fracturas óseas? ¿Qué intereses han llevado al MAPAMA a crear esta campaña? No es que queramos criminalizar los lácteos, ni mucho menos. Es que, probablemente, hay muchos otros alimentos que consumimos en menor cuantía y cuyo fomento de su consumo sería mucho más prioritario (legumbres, por poner un ejemplo).

Da la sensación de que, en ocasiones, o muchas de las campañas de salud pública se hacen a ciegas (sin tener en cuenta la evidencia científica o la demografía) o responden a unos intereses diferentes de los de la salud de la población, o quizás se aúnen ambos motivos.

¿En qué se han basado otras campañas de promoción de la salud a lo largo del globo?

En educación para la salud, esto es; en dar herramientas a la población, en empoderar a los ciudadanos para que sean conscientes de lo que es una buena o una mala decisión con respecto a los hábitos de vida. Otras medidas a destacar podrían ser aquellas en las que se les sube el precio a los productos insanos (también bastante eficaces según se ha visto en diversas zonas y países donde se ha puesto en marcha). Además, existe una medida que es, a mi parecer, más útil que la de reformular productos: la del semáforo nutricional, que no es otra cosa que categorizar los alimentos (ponerles una nota o calificación), de tal manera que esto quedara visible en la etiqueta (una napolitana de chocolate sería de color rojo mientras que, por ejemplo, unas legumbres de bote serían un verde). U otra similar como la que se estableció en Chile en 2016, mediante la cual debe quedar reflejado en la etiqueta, por ejemplo, si un alimento es alto en azúcares, alto en sodio…

Ejemplo gráfico de la ley actual de etiquetado en Chile
Ejemplo gráfico de la ley actual de etiquetado en Chile

Para finalizar, lo que está claro es que la industria alimentaria destina mucho más dinero a la publicidad de lo que lo hacen nuestras instituciones públicas. Por tanto estaría bien que, al menos, los preceptos de los que partan nuestras leyes o nuestros programas de salud fueran acordes a los menesteres de la población.

Industria alimentaria

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