¿Son peligrosas las bebidas energéticas?

Como habréis notado en el título, “bebidas energéticas” aparece entrecomillado. La EFSA (Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria) y Julio Basulto también lo entrecomillan. ¿Por qué hacen esto? Pues porque, aunque estas bebidas sean denominadas como “energéticas” por sus fabricantes, la mencionada EFSA no permite que los productores de las mismas les atribuyan propiedades tales como las de mejorar, entre otras, el tiempo de reacción, la memoria, el estado de alerta, el rendimiento mental, etc.

¿Pero cuáles son estas bebidas?

Muy fácil. Todos las conocemos. Me refiero a las bebidas que comercializan marcas como la del toro rojo, la de la llama, la del monstruo o la de la estrella de rock (creo que todos sabéis de lo que hablo).

¿Qué contienen?

Pues mirad, medio litro de las mal llamadas “bebidas energéticas” contiene, aproximadamente, 160 mg de cafeína (32 mg por cada 100 ml) y entre 55 y 75 g de azúcar. Es decir, es el equivalente a 3 cafés y a 11/15 sobres de azúcar, algo que muchos expertos tildarían de excesivo. Además, como muchos sabréis, estas bebidas suelen ir en formatos de 500 ml en su mayoría (sí, sí, el medio litro del que hemos hablado).

¿Qué pasa con la cafeína?

Es cierto que la cafeína posee efectos neuroendocrinos que son los que hacen que, al tomarla, algunas habilidades cognitivas mejoren pero ¿son recomendables estas bebidas? Con la cafeína, al igual que sucede con otras sustancias psicoactivas, puede existir dependencia y abuso. De la misma manera, como sucede con el tabaco y el alcohol, es una sustancia legal, si bien no existe un control en cuanto a su consumo y dosis, ni restricciones con respecto a su toma. Además, la cafeína también tiene efectos en nuestro equilibrio hidroelectrolítico y en el sistema cardiovascular, de ahí que ante grandes dosis pueda resultar letal, sobre todo en pacientes con patologías cardíacas previas. Y ojo, que no digo que un café sea insaludable, ni mucho menos, pero es que estas bebidas tienen, como ya hemos visto, muchísima más cantidad de cafeína que un café (y otras tantas cosas más).

¿Y qué sucede con esta cantidad de azúcar que hemos mencionado?

Estaríamos hablando de entre 55 y 75 g de azúcar por cada lata de 500 ml. Según la OMS, la cantidad máxima de azúcar que deberíamos tomar debería ser (como mucho) de un 10 % de nuestra ingesta calórica total diaria o, incluso, de menos de un 5 % para que haya beneficios para la salud. Es decir, en una supuesta dieta de 2.000 calorías, lo recomendable sería tomar 25 g de azúcar al día como mucho (o menos, de hecho, cuanto menos, mejor). Que en una sola lata de estas “bebidas energéticas” se triplique esta ingesta diaria da bastante que pensar.

¿Qué más cosas llevan?

Otro de los componentes estrella de estas bebidas es la taurina. La taurina es un aminoácido no esencial, es decir, un aminoácido que todos los seres humanos segregamos de forma natural. ¿Podemos atribuir propiedades concretas al consumo de este aminoácido? Pues no, según la EFSA (ni en cuanto a nuestra función cognitiva, ni a nuestros procesos cognitivos, ni a nuestras funciones cardíacas o musculares…). Además, también les suelen añadir otros aminoácidos, guaraná, vitaminas… Ya os digo yo que tenemos las mismas: si queréis vitaminas, tomad fruta. Si queréis aminoácidos, tomad legumbres (por ejemplo). Si queréis guaraná, id al Amazonas.

Habiendo analizado la composición de estas “bebidas energéticas”, recomendar el consumo de las mismas no parece lo más idóneo desde el punto de vista de la salud pública, ¿verdad?

¿Son muy consumidas estas bebidas?

Según datos de la EFSA recogidos de una encuesta que involucró a más de 52.000 personas de 16 de los 27 Estados Miembros, cerca del 18 % de los niños entrevistados (de entre 3 y 10 años) consumían estas bebidas, y no solo eso, sino que el 16 % de los mismos lo hacían de manera crónica y en altas cantidades (es decir, más de un litro a la semana). En un ambiente obesogénico y en un contexto donde, cada vez más, los niños y jóvenes padecen sobrepeso y obesidad, parecen bastante graves estas cifras. De hecho, según se cita textualmente en el estudio ALADINO, llevado a cabo en España y publicado en 2011: “la prevalencia de sobrepeso hallada fue del 23,2 % (22,4 % en niños y 23,9 % en niñas), y la prevalencia de obesidad fue del 18,1 % (20,4 % en niños y 15,8 % en niñas)…”.

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¿Y qué pasa con el consumo de las bebidas “energéticas” en adolescentes?

Pues la cosa empeora… Según la encuesta de la EFSA, el 68 % de los adolescentes a los que se les preguntó refirieron consumir bebidas “energéticas”, existiendo un 12 % que las toman de forma regular y en cantidades superiores a 7 litros al mes. Además, y a modo de contextualización, según el estudio AVENA y otras publicaciones relacionadas, ya en 2002, casi el 26% de los varones adolescentes y el 19 % de las mujeres adolescentes padecían sobrepeso u obesidad, con tendencia al aumento en años posteriores.

¿Y qué pasa cuando nos tomamos estas bebidas con alcohol?

Volviendo a la encuesta consultada por la EFSA sobre el consumo de bebidas energéticas en la Unión Europea, el 30 % de los adultos entrevistados eran consumidores, siendo consumidores crónicos alrededor del 12 % (dijeron tomar más de 4,5 litros al mes). Además, más de la mitad de adolescentes y adultos refirieron mezclar estas bebidas con el consumo de alcohol, acción que no parece muy recomendable si comprendemos la repercusión en nuestra salud que podría tener el combinar estos dos tipos de bebidas (una altamente estimulante y otra depresora del sistema nervioso central). Y no me refiero solo a su consumo crónico, sino a la alta probabilidad de llegar al estupor o, incluso, al coma etílico ante una exposición aguda. Y es que, el consumo de las altas cantidades de cafeína de estas bebidas reducen la somnolencia sin disminuir el efecto del alcohol y, por tanto, aquellas personas que mezclen ambas bebidas pueden continuar más tiempo despiertos y, de esta manera, seguir bebiendo. De hecho, aunque se reduzca la percepción subjetiva de algunos de los síntomas de la intoxicación etílica, no existe una reducción de los efectos del alcohol sobre el tiempo de reacción o la coordinación motora. Y no solo eso; el consumo de este tipo de bebidas y, más concretamente, cuando se asocia al alcohol parece estar relacionado con comportamientos de riesgo (sexuales, al volante, confrontaciones físicas, uso ilícito de drogas, etc.).

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