Ciencia VS Charlatanería

La investigación científica puede llevarse a cabo mediante diversos tipos de diseños; estudios experimentales, de cohortes, de casos-controles, de prevalencia, etc. Cada uno de estos tipos de diseños de estudio será empleado en función de lo que se quiera estudiar, de la población de estudio, del método de recogida de datos, de si el investigador asigna o no el factor a estudiar, de la finalidad que se busque y de otras muchas variables (1). Por tanto, existen muchos y muy diversos tipos de estudios científicos que son, al fin y al cabo, a partir de los cuales se va generando nuevo conocimiento que, por ejemplo, es el que utilizamos los sanitarios para prescribir una actividad, recomendar unas pautas de alimentación o recetar un fármaco.

Cuando los científicos hablamos de defensores de las pseudociencias, charlatanes o chamanes, lo hacemos porque lo que promulgan no ha pasado por el filtro del método científico y no han logrado demostrar que lo que dicen es cierto, por lo que se escudan en afirmaciones del tipo: “demuestra que lo que digo no es verdad”. Si seguimos esta premisa, y afirmamos que tragar tierra es sano, para el charlatán no habría que demostrar que sea sano tragar tierra, como haría un científico, sino que bastaría con su “experiencia personal”, ya fuera real o inventada. Además, el charlatán sustentaría su teoría con una lógica fácil de entender y atractiva.

En su mayoría, este tipo de charlatanes o embaucadores, como los llama Julio Basulto, se escudan en los miedos, esperanzas y creencias de la gente para perpetrarse en sus engaños. La población los cree, en ocasiones, porque el método que proponen les “ha funcionado”, ya sea a ellos mismos o a algún conocido. Si basáramos la ciencia y la generación de nuevo conocimiento científico en función de si a alguien particular le funciona algo o si algo resulta negativo para una persona concreta, podríamos decir que la lactosa siempre provoca malas digestiones (si nos basáramos en que la persona que lo dice es intolerante), que los frutos secos son mortales (si la persona es alérgica), o que hacer deporte mata (si la persona tenía una cardiopatía y ha tenido una parada cardiorespiratoria en una carrera). Para evitar esto, existe la ciencia, que no basa su cocimiento en este tipo de experiencias personales, sino que se basa en sacar conclusiones partiendo de una muestra, formada por un grupo representativo de la población que se pretende estudiar.

Pongamos un ejemplo. Supongamos que cien personas toman veneno. De estas cien personas, mueren noventa y nueve, pero uno sigue vivo por causas desconocidas. Este superviviente, jubiloso, no sólo no ha muerto, sino que refiere encontrarse mejor que antes, por lo que va proclamando que el veneno es beneficioso. Se anima a escribir un libro, abre un blog y aparece en televisión sosteniendo su teoría e incluso rebatiendo a un bioquímico riguroso. Visto así no tiene ningún sentido, ¿verdad?

Imaginemos ahora que cien personas toman homeopatía para una lumbalgia. De éstas, una afirma que la homeopatía le ha ayudado a paliar el dolor, mientras que el resto no ha notado absolutamente nada… ¿me seguís?

Evidentemente, estos son meros ejemplos para hacer la explicación más sencilla. En los ensayos clínicos no sólo se da un fármaco o una intervención, sino que ésta se compara con un placebo para tener en cuenta el factor psicológico que supone la sugestión personal. Y, como ya he mencionado anteriormente, no sólo de ensayos vive el hombre; también hay estudios de casos-controles, de cohortes, etc.

Generalmente, debemos ser críticos y sospechar de quienes intenten venderos “su producto milagroso“, “su método alternativo” o su “terapia milenaria“. No sólo nos pueden sacar el dinero, sino que pueden resultar peligrosos, pudiendo llegar a convencernos de que dejemos la terapia médica convencional. Y es que, como dice Julio Basulto, “Al embaucador no le trata un médico, sino un maestro sanador  extrasensorial; no le cura un fármaco, sino hierbas milenarias“.

Bibliografía:

  1. Arigmón Pallás JM, Jiménez Villa J. Métodos de investigación clínica y epidemiológica. 3ª ed. Madrid: Elsevier; 2004.

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