Algunas nociones sobre el estreñimiento

Antes de hablar sobre el estreñimiento, convendría saber cuándo podríamos decir que nuestro ritmo intestinal se puede considerar “normal, así que…

¿Qué entendemos por un ritmo intestinal normal?

Podríamos decir que un ritmo intestinal normal se corresponde con una frecuencia de deposición entre tres veces al día y tres veces a la semana (en términos generales).

¿Y qué podríamos decir que se entiende como estreñimiento?

La definición de estreñimiento no es simple, de hecho, es muy variable en función del autor que haya creado dicha definición. Aun así, lo podríamos definir, a grandes rasgos, como una frecuencia de deposición menor a tres veces por semana. Según otros autores, se considera estreñimiento si se cumplen algunos criterios durante, al menos, 3 meses, como podrían ser: tener durante estos 3 meses, al menos, en un 25% de ocasiones: sensación de evacuación incompleta, heces duras y secas, sensación de obstrucción o bloqueo, etc.

¿Depende del sexo o es igual de común en hombres y en mujeres?

Es más prevalente en las mujeres en una proporción de 2:1. Además, es más común en personas mayores de 60 años, en gente con menos ingresos económicos, en personas sedentarias, etc.

¿Y por qué se produce?

Se produce por una alteración del tránsito en el colon (el intestino grueso) o por una alteración las funciones del ano y/o del recto, generalmente. Puede ser secundario a otras enfermedades, es decir, que sea otra enfermedad la que lo produce (como enfermedades metabólicas, neurológicas, obstructivas [como podría ser un cáncer de colon], etc.). También puede deberse a la toma de algunos fármacos, a una dieta muy baja en fibra o, incluso, puede tratarse de un estreñimiento idiopático, que en medicina quiere decir: “de causa desconocida”. Por todo ello, ante la sospecha de un estreñimiento crónico o ante períodos de estreñimiento prolongados, primero deberíamos consultar a nuestro médico de atención primaria para determinar qué puede estar sucediendo.

¿Y cómo se trata?

El tratamiento va a depender de la causa, pero en términos generales y una vez descartadas causas graves, el manejo del estreñimiento tiene que ir encaminado, sobre todo, a la educación de la persona que lo padezca, fomentando el cambio de hábitos (me refiero a hábitos alimentarios pero también a hábitos de vida, como una rutina a la hora de ir al baño, una adecuada hidratación, ejercicio físico, etc.). En cuanto a los hábitos alimentarios que se han mencionado, como es lógico, habría que aumentar el consumo en verduras, fibra, cereales integrales, etc. Si no sabemos cómo hacer esto o estamos algo perdidos, siempre podemos consultar a un dietista-nutricionista.

¿Y los típicos laxantes se suelen usar?

Hay pacientes que sí los requieren y, en ese caso, es el médico el único que puede prescribirlos. Lo normal es que se usen los llamados laxantes osmóticos, que se toman por vía oral, y además, que se ayude con enemas o supositorios. Aunque ya digo, todo va a depender de la persona de que se trate, de las enfermedades que padezca, de la causa del estreñimiento, de la efectividad del tratamiento dietético, etc.

¿Hoy en día llevamos una alimentación que pueda favorecer el estreñimiento?

Sí, una alimentación y un estilo de vida en general. Consumimos bastante menos fibra de la que sería recomendable. Y con consumir fibra no me quiero referir a productos alimentarios enriquecidos, tipo yogur con fibra o cosas así, sino a alimentos que de forma natural llevan fibra, es decir, alimentos de origen vegetal poco procesados. Si no vamos al baño todo lo que querríamos, podríamos empezar poco a poco hasta llegar a un punto en el que tomemos, como mínimo, 3 o 4 piezas de fruta al día (masticada preferiblemente y no en forma de zumos). Además, deberíamos incluir una ración de verduras y hortalizas en cada comida principal. Si tomamos pan o pasta, que sean integrales (100 % integral, a ser posible). También podemos tomar una o dos raciones de frutos secos al día o de semillas, por ejemplo.

 

Diarrea, ¿por qué se produce y cómo combatirla?

¿Qué podríamos considerar un ritmo intestinal normal?

Podríamos decir que un ritmo intestinal normal se corresponde con una frecuencia de deposición entre tres veces al día y tres veces a la semana, en términos generales. Tanto el estreñimiento como la diarrea pueden tener múltiples etiologías, es decir, múltiples causas.

¿Qué se entiende como diarrea?

Podríamos definir la diarrea como la deposición, tres o más veces al día (o con una frecuencia mayor que la normal para la persona) de heces sueltas o líquidas. La deposición frecuente de heces de consistencia sólida no es diarrea (esto quiero que me quede claro).

¿Y por qué se produce?

Pues, normalmente, por una infección del tracto digestivo (ya sea por transmisión de persona a persona o por agua o comida contaminadas). Esta infección puede estar causada por virus, bacterias o, incluso, parásitos. También se puede producir por la alteración de alguna o varias funciones de nuestro intestino, como la motilidad, la digestión, la absorción, etc. Este sería el caso, por ejemplo, de la diarrea en una intolerancia a la lactosa (por una maldigestión, básicamente) o de la diarrea en una persona con celiaquía (que es por malabsorción, principalmente).

Además, las diarreas podríamos clasificarlas, también, en función de su duración. En el caso de una diarrea que dure menos de un mes y que se deba, generalmente, a causas infecciosas, estaríamos hablando de una diarrea aguda (aunque la mayoría suelen durar menos de una semana). Por otro lado, si la diarrea dura más de un mes, podríamos hablar de una diarrea crónica que, por lo menos en nuestro medio, suele deberse a causas como el síndrome del intestino irritable, enfermedades inflamatorias, enfermedades autoinmunes, intolerancias, etc.

¿Cómo podemos combatir una diarrea?

En el caso de una diarrea crónica, de una diarrea aguda muy severa (sobre todo en el caso de los niños) o de diarreas que duren más de dos días a pesar del tratamiento, conviene que consultemos a nuestro médico.

Pero ahora vamos a suponer que estamos ante una diarrea aguda normalita, es decir, solemos tener unos hábitos intestinales normales pero, hace unos días estamos con diarrea. El manejo terapéutico se va a basar en 3 pilares, que son: rehidratación, eliminación de los síntomas y pautas dietéticas.

  1. Vamos con el primer punto, la rehidratación. ¿Con qué nos podremos rehidratar? Nunca con Aquarius o Gatorade o cosas por el estilo, ¿por qué? Porque estas bebidas están pensadas para reponer los electrolitos que perdemos al sudar, y no están pensadas para reponer los electrolitos que perdemos por una diarrea. No solo eso, sino que pueden hasta empeorar los síntomas. ¿Qué usamos entonces? Pues soluciones para la rehidratación oral, de esas que podemos encontrar en farmacias y están compuestas básicamente por agua, glucosa, sodio, cloro, potasio y bicarbonato o citrato y que, en este caso sí, están pensadas para cuando perdemos estos electrolitos por el tracto digestivo, además de para ayudarnos un poquito a mejorar la sintomatología de la diarrea.
  2. El segundo punto sería el farmacológico, es decir, aquellos fármacos que nos recomiende nuestro médico para, por ejemplo, paliar los síntomas.
  3. El tercer punto estaría compuesto por las pautas dietéticas. Aquí conviene que, antes de las 24 horas de haber empezado con la rehidratación oral, ya introduzcamos alimentos para evitar males mayores. Es en este punto donde debemos hacer la llamada dieta blanda o dieta de protección gástrica para que nuestro tacto digestivo trabaje lo menos posible.

¿En qué consiste una dieta blanda?

Para responder a esto voy a basarme en la brillante infografía que se curraron Lucía Martínez y Aitor Sánchez hace unos meses sobre dieta blanda:

Lo mejor es que nuestras preparaciones sean a la plancha, hervidas o al horno, cuidándonos de no usar mucho aceite ni otros alimentos muy grasos ni especias. Además, es preferible que lo que comamos esté a temperatura ambiente; ni muy frío ni muy caliente. También es recomendable que mastiquemos pausadamente y que hagamos tomas pequeñas, muy poco a poco y en varias veces al día. En general, hay que evitar alimentos muy grasos, con mucho azúcar o con mucha fibra insoluble. Por ejemplo:

  • Aunque para la población siempre recomiendo tomar cereales integrales. En el caso de una dieta de protección gástrica es importante no tomarlos, priorizando cereales en su versión refinada, como pan blanco o arroz blanco. La patata hervida también se podría tomar (como ya sabían nuestras abuelas).
  • En cuanto a carnes y pescados, podríamos tomar carne de pavo, de pollo, merluza, etc. No conviene que tomemos carnes rojas (tipo ternera, cordero, etc.). Tampoco conviene que comamos fiambres o embutidos.
  • También se puede tomar verdura hervida, puré de verduras, etc.
  • Podemos tomar yogur natural o quesos frescos, requesones, etc. Pero tenemos que evitar la leche como tal y los lácteos grasos como el queso curado, semi-curado, etc.
  • Mejor tomar fruta asada; no conviene tomar fruta fresca en dieta blanda, aunque sí podríamos comernos, por ejemplo, un plátano maduro crudo.
  • Si estamos haciendo una dieta blanda, conviene no tomar legumbres o, al menos, si las tomamos, conviene que sea sin la piel y en poca cantidad.
  • Y en cuanto a bebidas… pues agua de toda la vida, “caldicos”, infusiones… Ni café, ni alcohol. Tampoco bebidas energéticas ni refrescos.
  • Y bueno, como es lógico, habría que evitar bollería, chocolates, encurtidos, especias, alimentos muy ácidos (como el vinagre), evitar también alimentos con mucho azúcar, etc.

5 mitos sobre algunos alimentos

“Los frutos secos engordan”
Desde hace algunos años, con la criminalización de las grasas alimentarias que comenzó décadas atrás, alimentos tales como los frutos secos o el aguacate pasaron a ser vistos por la población como altamente calóricos, muy grasos y, por ende, a evitar. Un tiempo más tarde y tras varios estudios científicos de alto impacto después, pudimos conocer las recomendaciones nutricionales para la prevención y el tratamiento del sobrepeso y la obesidad del consenso de la FESNAD-SEEDO en 2012 (1), en cuyo documento se puede leer de manera textual la siguiente afirmación: «La adición de frutos secos a la dieta habitual no se asocia al aumento de peso corporal». Además, cuatro años después se publicó un metaanálisis en la revista BMC Medicine (2) en el que se pudo conocer que un mayor consumo de frutos secos se relacionaba con un menor riesgo de padecer cáncer, enfermedades cardiovasculares o respiratorias, diabetes o infecciones, entre otras. Si a estos factores les sumamos el elevado poder saciante, podríamos incluso incluirlos en dietas para pérdida de peso (aunque pudiera resultar paradójico).

“El consumo de huevos eleva el colesterol, luego aumenta el riesgo cardiovascular”
Muchos habrán oído esta frase que, además, fue perpetuada por sanitarios durante bastantes años (de hecho, algunos la siguen usando). Esta conjetura surgió de una premisa que en principio parecía lógica: los huevos son ricos en colesterol, luego deben elevar los niveles de colesterol sérico (en sangre). Con respecto a esto, y si nos vamos a las revisiones más recientes, podemos observar que la asociación entre el consumo de este alimento y el aumento del riesgo cardiovascular es muy tenue (3). La inmensa mayoría de estudios científicos de rigor coinciden en que, a nivel poblacional, la ingesta de huevos no se relaciona con un aumento del riesgo cardiovascular (3,4,5). De hecho, hasta siete huevos por semana pueden ser consumidos sin problema en personas sin problemas de salud (4). Además, la incorporación de los huevos en la dieta no solo no aumentaría este riesgo cardiovascular, sino que podría ser un factor protector ya que, en términos generales y por su composición de ácidos grasos, el perfil lipídico del huevo lo hace nutricionalmente muy interesante y, además, poco aterogénico (5).

“La fruta contiene azúcares, luego no se recomienda en personas con diabetes”
Las frutas contienen azúcares naturalmente presentes en ellas entre los que destaca la fructosa. De ahí que surgiera este mito sin sustento científico. De hecho, la American Diabetes Association (ADA) recomienda un patrón dietético abundante en frutas, vegetales y granos enteros (entre otros) para el correcto manejo de la diabetes (6). Además, el consumo regular de fruta se asocia con menor riesgo de mortalidad por múltiples causas (7), entre ellas, causas de origen cardiovascular (8). Por lo tanto y atendiendo a la evidencia científica disponible, no parece lógico recomendar la exclusión de frutas en pacientes con diabetes sino todo lo contrario: la recomendación de varias piezas de fruta al día sería lo adecuado. Como es lógico, esto no excluye que en pacientes insulinodependientes se deba llevar a cabo una correcta monitorización de los hidratos de carbono que se ingieran. Por último, también conviene saber que la ADA afirma que la fructosa de la fruta puede favorecer un mejor control de la glucemia en comparación con la sacarosa o el almidón a misma cantidad de ingesta (9).

“El vino o la cerveza son buenos para la salud”
Muchísima gente habrá oído esta frase no solo de la boca de algún familiar, sino incluso dicha por algún médico de atención primaria o cardiólogo. Lo cierto es que el World Cancer Research Fund International se ha pronunciado en varias ocasiones al respecto, manteniendo que no está recomendado el consumo de bebidas alcohólicas si atendemos a la evidencia científica que hay con respecto al cáncer. De hecho, a mayor cantidad consumida, mayor riesgo de desarrollarlo (10). Aunque, quizás, la frase más oída haya sido la de: «el vino en moderación es bueno para el corazón». Este mito, derivado de la famosa «paradoja francesa», se fue afianzando en la cultura popular de la cuenca mediterránea durante años. En 2014 se publicó un metaanálisis de 56 estudios epidemiológicos al respecto (11) cuya conclusión fue que la reducción del consumo de alcohol es beneficiosa para la salud cardiovascular (incluso en bebedores ocasionales y en bebedores con un consumo moderado). Por lo tanto, no pareciera que recomendar el consumo de alcohol, ni siquiera de un modo moderado, sea lo más adecuado.

“Beber agua engorda”
Este mito he querido dejarlo para el final porque me pareció el más absurdo. Hace unas semanas me quedé atónito cuando vi que un conocido lo compartió en las redes sociales. El agua es una molécula que está compuesta por dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno y, hasta donde yo sé, el ser humano no es capaz de obtener energía de ella. Además, hay otros perpetuadores de mitos que mantienen que el agua no engorda en sí misma, sino que lo que hace es hacernos engordar por mecanismos «psicocuánticos», «ayurvédicos» o «vudús». El agua ni engorda ni adelgaza, pero lo cierto es que, si atendemos a la evidencia científica y según podemos leer en una revisión sistemática publicada en 2013 en The American Journal of Clinical Nutrition (12), los estudios en individuos que hicieron dieta para perder o mantener peso sugirieron una ligera reducción del mismo si aumentaba el consumo de agua, aunque esta evidencia es aún muy limitada por la falta de estudios científicos de calidad al respecto llevados a cabo hasta la fecha (bebes agua, tu estómago se llena y no le cabe tanta comida, pero OJO: esto no quiere decir que la solución al sobrepeso y la obesidad esté en hincharse a agua antes de comer, sino que es algo anecdótico a lo que he hecho alusión para justificar y dejaros claro que el agua no engorda).

BIBLIOGRAFÍA:
1. Gargallo Fernández M, Basulto Marset J, Breton Lesmes I, el al. Evidence-based nutritional recommendations for the prevention and treatment of overweight and obesity in adults (FESNAD-SEEDO consensus document): Methodology and executive summary (I/III). Nutr. Hosp. [Internet]. 2012 June [cited 2018 May 26] ; 27( 3 ): 789-799. Available from: http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0212-16112012000300016&lng=en. http://dx.doi.org/10.3305/nh.2012.27.3.5678.
2. Aune D, Keum N, Giovannucci E, et al. Nut consumption and risk of cardiovascular disease, total cancer, all-cause and cause-specific mortality: a systematic review and dose-response meta-analysis of prospective studies. BMC Medicine. 2016;14:207. doi:10.1186/s12916-016-0730-3.
3. Blesso CN, Fernandez ML. Dietary Cholesterol, Serum Lipids, and Heart Disease: Are Eggs Working for or Against You? Nutrients. 2018; 29;10(4). doi: 10.3390/nu10040426.
4. Geiker NRW, Larsen ML, Dyerberg J, Stender S, Astrup A. [Eggs do not increase the risk of cardiovascular disease and can be safely consumed]. Ugeskr Laeger. 2017; 15;179(20).
5. Dussaillant C, Echeverría G, Rozowski J, Velasco N, Arteaga A, Rigotti A. Egg intake and cardiovascular disease: a scientific literature review. Nutr Hosp. 2017; 5;34(3):710-718. doi: 10.20960/nh.473.
6. Nutrition Recommendations and Interventions for Diabetes. American Diabetes Association. Diabetes Care. 2008; 31 (Supplement 1) S61-S78; doi: 10.2337/dc08-S061
7. Nöthlings U, Schulze MB, Weikert C, et al. Intake of vegetables, legumes, and fruit, and risk for all-cause, cardiovascular, and cancer mortality in a European diabetic population. J Nutr. 2008;138(4):775-81.
8. Wang X, Ouyang Y, Liu J, et al. Fruit and vegetable consumption and mortality from all causes, cardiovascular disease, and cancer: systematic review and dose-response meta-analysis of prospective cohort studies. BMJ. 2014;349:g4490. doi: 10.1136/bmj.g4490.
9. Evert AB, Boucher JL, Cypress M, et al. Nutrition therapy recommendations for the management of adults with diabetes. Diabetes Care. 2013;36(11):3821-42. doi: 10.2337/dc13-2042.
10. Scoccianti C, Cecchini M, Anderson AS, et al. European Code against Cancer 4th Edition: Alcohol drinking and cancer. Cancer Epidemiol. 2016;45:181-188. doi: 10.1016/j.canep.2016.09.011.
11. Holmes MV, Dale CE, Zuccolo L, et al. Association between alcohol and cardiovascular disease: Mendelian randomisation analysis based on individual participant data. BMJ. 2014;349:g4164. doi: 10.1136/bmj.g4164.
12. Muckelbauer R, Sarganas G, Grüneis A, et al. Association between water consumption and body weight outcomes: a systematic review. Am J Clin Nutr. 2013; 98:2. https://doi.org/10.3945/ajcn.112.055061.